El Taller de los Sueños Rotos

Un lugar en el que nunca dejarás de soñar...






"Los que sueñan de día conocen muchas cosas que ignoran los que solamente sueñan de noche" (Poe)

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El rey estaba enamorado de Sabrina, una mujer de baja condición a la que el rey había hecho su última esposa.

Una tarde, mientras el rey estaba de cacería, llegó un mensajero para avisar que la madre de Sabrina estaba enferma. Pese a que existía la prohibición de usar el carruaje personal del rey, falta que era pagada con la cabeza, Sabrina subió al carruaje y corrió junto a su madre.

A su regreso, el rey fue informado de la situación.

—¿No es maravillosa? –dijo—. Esto es verdaderamente amor filial. ¡No le importó su vida para cuidar a su madre! ¡Es maravillosa!

Otro día, mientras Sabrina estaba sentada en el jardín del palacio comiendo fruta, llegó el rey. La princesa lo saludó y luego le dio un mordisco al último melocotón que quedaba en la cesta.

—¡Parecen ricos! –dijo el rey.

—Lo son –dijo la princesa y alargando la mano le cedió a su amado el último durazno.

—¡Cuánto me ama! –comentó después el rey—. Renunció a su propio placer, para darme el último melocotón de la cesta, ¿no es fantástica?

Pasaron algunos años y vaya a saber por qué, el amor y la pasión desaparecieron del corazón del rey.

Sentado con su amigo más confidente, le decía: «Jamás se portó como una reina... ¿acaso no desafió mi investidura usando mi carruaje? Es más, recuerdo que un día me dio a comer una fruta mordida».



—La realidad es siempre la misma. Y lo que es, es... Sin embargo, como en el cuento, el hombre puede leer un hecho de una manera o de la contraria.

Cuidado con tus percepciones, decía Baldwin el sabio.



SI LO QUE VES SE AJUSTA «A MEDIDA» CON

LA REALIDAD QUE A TI MÁS TE CONVIENE...

...¡DESCONFÍA DE TUS OJOS!



Jorge Bucay




"Érase una vez, en un país lejano, un joven príncipe que vivía en un resplandeciente castillo. A pesar de tener todo lo que podía desear, el príncipe era egoísta, déspota y consentido. Pero, una noche de invierno llegó al castillo una anciana mendiga, y le ofreció una simple rosa, a cambio de cobijarse del horrible frío. Repugnado por su desagradable aspecto, el príncipe despreció el regalo y expulsó de allí a la anciana. Pero ella le advirtió que no se dejara engañar por las apariencias, porque la belleza se encuentra en el interior. Y cuando volvió a rechazarla, la fealdad de la anciana desapareció, dando paso a una bellísima hechizera. El príncipe trató de disculparse, pero era demasiado tarde, pues ella ya había visto que en su corazón no había amor. Y como castigo, lo transformó en una horrible bestia, y lanzó un poderoso hechizo sobre el castillo y sobre todos los que allí vivían. Avergonzado por su aspecto, el monstruo se encerró en el interior de su castillo con un espejo mágico como única ventana al mundo exterior. La rosa que ella le había ofrecido era en realidad una rosa encantada, que serguiría fresca hasta que él cumpliera los 21 años. Si era capaz de aprender a amar a una mujer, y ganarse a cambio su amor antes de que cayera el útlimo pétalo, entonces se desharía el hechizo; sino, permanecería condenado a seguir siendo una bestia...para siempre. Al pasar los años, comenzó a impacientarse y perdió toda esperanza pues, ¿quién iba a ser capaz de amar a una bestia?"


¿Cuándo dejaremos de comportarnos como la Bestia? Pues, ¿a cuántas ancianas rechazamos a lo largo de nuestra vida? ¿Cuándo aprenderemos a amar y a ser amados, en lugar de quedarnos encerrados en nuestros castillo, mientras pasa el tiempo, juzgándo a las personas sólo por su aspecto?


¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico pesebre: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser acurrucado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.


Hans Christian Andersen


Espero que os haya gustado el cuento (es uno de mis favoritos)
aunque supongo que la mayoría ya lo habeis leido. Os vuelvo a pedir perdón por no haber escrito nada en tanto tiempo (en especial a Tuxyta, que me riñe mucho jeje) pero es que he estado un poco deprimida por cosas que me han pasado y la verdad es que no tenía ganas de escribir.
A los nuevos lectores del Taller os doy la bienvenida, ¡gracias por seguirme! Espero que comenteis mucho.

OS DESEO A TODOS QUE PASEIS UNA FELIZ NAVIDAD Y FELICES FIESTAS






Érase una vez un viajero muy tonto.
Era tan tonto que cualquiera podía engañarle, y todos los habitantes de la ciudad se aprovechaban de él.
- "Necesito comprar medicinas".
A medida que viajaba fue quedándose sin dinero, sin ropa y sin zapatos.
- "Mi hermana está enferma".
- "No tengo dinero para comprar semillas para mi huerto".
Pero el viajero era tan tonto que continuaba regalando sus cosas porque pensaba que así ayudaba a la gente... emocionado y con los ojos llenos de lágrimas. Mientras decía que esperaba que así fueran felices.

Al final, se quedó completamente desnudo. Entonces, el viajero sintió vergüenza. Y decidió continuar su viaje a través del bosque.
Esta vez, se tropezó con los ogros que allí habitaban. Los ogros le enredaron con sus palabras para que les dejara devorar su cuerpo. El viajero les creyó y fue dándoles partes de su cuerpo poco a poco: una pierna por aquí, un brazo por allá.
Al final, quedó su cabeza...pero aún así, le dio los ojos a la última de las criaturas. Mientras el ogro masticaba sus ojos con gusto... le dio las gracias y le dijo que le daría un regalo a cambio.


Pero eso también era mentira.

El regalo era un trozo de papel en que había escrito la palabra "bobo".
Pero al oírle, el viajero se echó a llorar.
- "Gracias, gracias"- le dijo.
- "Es la primera vez que alguien me da algo a cambio. Mil gracias".
Y las lágrimas siguieron brotando a pesar de que ya no tenía ojos.
Así, el viajero... murió abandonado en el bosque.




Cuán equivocada estaba la gente, ya que aquel viajero no era el más tonto del mundo, sino el más bueno; pues hoy en día poca gente da sin recibir nada a cambio, tal y como hizo este noble y amable viajero, cuya felicidad residía en ver felices a los demás.









Un joven jardinero persa dice a su príncipe:

-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:

-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?

-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.

Jean Cocteau

Cuentan que una vez se reunieron todos los sentimientos y cualidades de los hombres en un lugar de la Tierra. Cuando el ABURRIMIENTO reclamó por tercera vez, la LOCURA, como siempre tan loca, les propuso:


-¿Vamos a jugar a las escondidas?

La INTRIGA levantó la ceja intrigada, y la CURIOSIDAD, sin poder contenerse, preguntó:

- ¿Escondidas? ¿Cómo es eso?

-Es un juego, explicó la LOCURA, en el que yo cierro los ojos y comienzo a contar de uno a un millón, mientras ustedes se esconden, y cuando termine de contar, el primero de ustedes que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego.

El ENTUSIASMO danzó seguido por la EUFORIA. La ALEGRÍA dio tantos saltos que terminó por convencer a la DUDA y también a la APATÍA, que nunca se interesaba por nada.

Pero no todos quisieron participar: la VERDAD prefirió no esconderse; ¿para qué, si al final todos la encontraban? La SOBERBIA opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le incomodaba era que la idea no hubiese sido de ella), y la COBARDÍA prefirió no arriesgarse.


-Uno, dos, tres, cuatro- comenzó a contar la LOCURA.


La primera en esconderse fue la PRISA, que como siempre cayó tras la primera piedra del camino.

La FE subió al cielo, y la ENVIDIA se escondió tras la sombra del TRIUNFO, que con su propio esfuerzo había conseguido subir a la copa del árbol más alto.


La GENEROSIDAD casi no alcanzaba a esconderse, porque cada lugar que encontraba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: si un lago cristalino, ideal para la BELLEZA; si era la copa de un árbol, perfecto para la TIMIDEZ; si era el vuelo de una paloma, lo mejor para la VOLUNTAD; si era una ráfaga de viento, magnífico para la LIBERTAD. Así terminó escondiéndose en un rayo de sol.


El EGOÍSMO, al contrario, encontró un lugar muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo, pero sólo para él. La MENTIRA se escondió en el fondo del océano (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris) y la PASIÓN y el DESEO en el centro de los volcanes. El OLVIDO, no sabemos donde se escondió, pero eso no es lo más importante.

Cuando la LOCURA estaba ya por el número 999.999, el AMOR todavía no había encontrado un lugar para esconderse, pues todos estaban ya ocupados, hasta que encontró un rosal y, cariñosamente, decidió esconderse entre sus flores.


-Un millón, contó la LOCURA y comenzó la búsqueda.

La primera en aparecer fue la PEREZA, apenas a tres pasos de una piedra. Después escuchó a la FE discutiendo con Dios, sobre zoología, en el cielo. Sintió vibrar la PASIÓN y el DESEO en los volcanes. En un descuido, encontró a la ENVIDIA, y claro, pudo deducir dónde estaba el TRIUNFO.


Al EGOÍSMO, no tuvo que buscarlo; él solo salió disparado de su escondite que en verdad era un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y al aproximarse a un lago, descubrió a la BELLEZA. La DUDA fue más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre un cerco sin decidir de qué lado esconderse.

Y así fue encontrando a todos: al TALENTO entre la hierba fresca, a la ANGUSTIA en una oscura cueva, la MENTIRA detrás del arco iris (mentira, estaba en el fondo del océano) y hasta al OLVIDO, quién ya había olvidado que estaba jugando a las escondidas.

Pero el AMOR no aparecía por ningún sitio. La LOCURA lo buscó detrás de cada árbol, debajo de cada roca del planeta y encima de las montañas. Cuando estaba a punto de darse por vencida, encontró un rosal. Tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando en el mismo momento se escuchó un grito doloroso. Las espinas habían herido al AMOR en los ojos. La LOCURA no sabía qué hacer para disculparse. Lloró, rezó, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su guía.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a las escondidas en la Tierra:

El AMOR es ciego y la LOCURA siempre lo acompaña.





Vuelve pronto de tu larga travesía, ¡te espero!

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